A principios de la década de 1910, la Argentina necesitaba modernizar su flota para ejercer el control de su gran litoral marítimo. Se necesitaban buques de largo alcance, pero rápidos y con armas modernas. Para esto se convocó una licitación internacional en la cual participaron diseños de los grandes astilleros europeos (Gran Bretaña, Alemania, Italia), para construir dos grandes acorazados.

Sin embargo, la república sudamerica apostó por adjudicar la construcción a los astilleros de una potencia emergente, los EEUU, incluyendo en los planos algunas de las ideas y tecnologías más modernas del diseño naval, en los astilleros de Quincy, Massachussets. Las fotografías que se muestran a continuación pertenecen a la colección de la Biblioteca del Congreso de los EE.UU.

La primera foto muestra la botadura del primero, el acorazado «Rivadavia» en 1912. La madrina fue Isabel Rodríguez Marcenal, la esposa del embajador argentino, Rómulo Naón, y se pueden apreciar las dos banderas en la proa del barco. Ambos países estaban muy orgullosos de «su» barco.

Esto inició una larga relación de colaboración. La segunda foto muestra al acorazado en sus pruebas de mar, y la tercera a la tripulación argentina (más de 1000 hombres) posando en Charleston para hacerse con el manejo del barco y traerlo a Buenos Aires.

El resultado de esta colaboración modélica fue un barco alrededor de 30,000 toneladas de desplazamiento y del tamaño de dos canchas de fútbol, rápido y maniobrable, pero a su vez armado con 10 cañones de 30,5 cm que podían lanzar hasta 1440 proyectiles que pesaban 600 kg. Había que destacar su dirección de tiro, tecnología punta de la época (ganó varios premios de puntería). Era lo mejor de su época, tanto que inspiró a la siguiente clase de acorazados de los EEUU que se construyeron y sirvieron muchos años, hasta la II GM. (Más de 100 años después queda en pie un ejemplar, el USS Texas, que está siendo restaurado como buque museo en Galveston, Texas)

El «Rivadavia» y su gemelo «Moreno», aunque no entraron en combate, fueron un emblema de su época. Embajadores de la Argentina en América y Europa, como cuento en «La legión secreta del sur», el gobierno los tenía muy en cuenta como un factor de disuasión muy importante en la región en años muy conflictivos.  
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